jueves, 8 de agosto de 2013

El Musqui



EL MUSQUI

Por Mario Herrera                                                 

 

 Musq Uloso Jiménez  es un buen socito. Un tigre, dirán algunos, rayado, musculoso, vaya, “troncú”, “strong”. Le encanta estar en forma, hacer ejercicios, pesas, “quemar el hierro”. Su padre es un Máster en Cultura Física y le aconseja pero…“Yo no hago caso a lo que dice ese viejo; aquí el que sabe soy yo”.
 Para él es esencial. “Las jevitas solo se fijan en ti si tienes ‘plata’, estas fuerte o tienes otras cualidades que impresionen y dinero no tengo”, me dice; se va al gimnasio todos los días, dos horas mínimo.
 En el “Gym” todo el mundo lo conoce. Las muchachas lo miran, los adolescentes quieren ser como él. Es un “macho alfa”. El entrenador lo pone como ejemplo y se enorgullece. “Ese es mi muchacho”. Lo usa para darle bombo a su negocio y Musqui se siente el centro de atención.
 Siempre usa ropa ajustada que le asienta, exhibe lo que tiene. En las discotecas las mujeres se vuelven locas con él. “Tiene por dónde agarrarlo”.
 No es un mal tipo el Musqui, por eso es mi socito a pesar de no coincidir con él en lo de las pesas (prefiero el fútbol). En la playa hay quien siente envidia porque no ha podido llegar a sus dimensiones y hasta celos despierta en otros que sorprenden a sus damas mientras se enternecen con su figura.
 Musqui se come un cartón de huevos en tres días como si nada solo para el desayuno. “Comer mucho da más fuerza”.
 Una vez me explicó que cuando uno hace ejercicios, se rompen pequeños vasitos en los músculos y que el organismo arregla el daño, repone los segmentos rotos y los sustituye por tejidos nuevos más fuertes y resistente y que por eso es que se aumenta la fuerza, el volumen y demás, pero que tarda cuarentaiocho horas el proceso, así que él encontró una forma de hacerlo  rápido. Una fórmula mágica “El aceite de maní” (Synton). Eso se inyecta y te da volumen en nada.
 Lo vi, no me hizo gracia. Se la consiguió el profe.
Inyección de aceite en músculos.
El músculo inyectado con aceite llega a sufrir de necrosis y jamás vuelve a ser el de antes.
 No fuimos una vez para Santiago de Cuba, a subir el Pico Turquino. Los más flacos empezamos lentos el ascenso de once kilómetros por tierra resbaladiza y senderos empinados para arriba y para abajo. A Musqui le empezó a pesar la mochila. “La montaña hermana hombres”, ayudé a su novia que no pudo subir mucho, y a él; una soguita amarrada a la cintura conmigo al frente, por el tramo inicial de tres kilos hasta la primera estación. Allí se quedaron. A la vuelta los recogimos.
 Tiempo después le empezó a doler un brazo. Andábamos juntos y lo acompañé al cuerpo de guardia de un hospital. El médico lo vio. “¿Qué te inyectas?”. “Aceite de maní”. “Hasta hoy”, sentenció el galeno. Con un bisturí pinchó el brazo de Musqui que comenzó a escupir aceite, pus, sangre y hasta etcétera por el orificio. “Esta cosa se mete entre músculos por eso hincha, pero no tiene nada que ver con fortaleza, además está adulterada, lo sé por el color y el olor”.
 Musq Uloso Jiménez ya no es un tigre. Tuvo suerte, si hubiese demorado más perdía el brazo.