lunes, 5 de agosto de 2013

DE LA FIESTA A LA FLASH




 Cada vez me siento más mal por nosotros los mortales. Cada vez entiendo menos esa necesidad que tenemos de publicar nuestra vida, o las ajenas. Y hay gente que siente un limbo delicioso cuando pasa algo así.
 Regresé un día de casa de unas amistades, donde se suponía veríamos la UEFA Champions League, pero nunca llegó la señal. Lo que sí vino alguien a poner una cámara que quería probar en un equipo súper sofisticado casi de estreno. La primera carpeta mostraba a una presentadora conocida de la televisión, mientras disfrutaba de sus más preciados momentos, esos especiales e íntimos.
 Apareció el morbo. Aquella habitación llena de jóvenes, mujeres, adolescentes pendientes a cada detalle, el “¡mira eso!, ¡qué lástima!, ¡qué asco!, ¡si yo la cojo…!”. No pude sentirme peor.
 A veces tenemos algo de culpa de lo que nos sucede. Tentamos al Diablo y Él termina riéndose de nosotros con su habitual ironía. Otras tantas ponemos en manos no adecuadas nuestra privacidad. Entonces… “¡Hey, tengo unas fotos de…! ¡Dámelas!”, y pasan entonces de móvil en móvil, de memoria a memoria, de una máquina a la otra.
 Entre tanto, “la mujer más linda del mundo” se mueve dentro de La Habana sumida quizás en la mayor ignorancia hasta que alguien la despierta de la manera más brusca: “¡Toma! ¡Un Power Point con una fiesta tuya!”. Se echa a perder una noche que debió ser cuando menos, excitante.
 ¿Por qué nos maltratamos la magia los unos a los otros? ¿Por qué publicar tan preciados momentos o es que no es suficiente compartir ese pedacito de nuestras vidas? ¿Por qué darles la posibilidad a personas con poder de decisión de hacernos, o hacerle daño a alguien que nos entregó su pasión en un momento dado? Y no puedo culpar al decisor que tome una medida que proteja la imagen, quizás ya afectada, de su espacio televisivo.
 Me pongo en su lugar. ¡Cuánto me habría dolido la cabeza al pensar qué pasará! “¿Quién me habrá mandado? ¡Qué hij…!”
 Me he sentido mal desde entonces. Fui a ver la Champions y terminé, sin quererlo, en la habitación de la mujer más linda del mundo y ella, nunca lo supo.