lunes, 2 de junio de 2014

Crónica de un buen viaje



Por: Mario Herrera
 
 Como muchas veces ocurre no estuvo todo listo hasta último minuto pero se pudo. Llegó el día y la hora de salir. Fui el primero en llegar al punto acordado, media hora. Poco a poco aparecieron los jugadores de La Habana que viajarían a Las Tunas para el partido de cierre de temporada. Me iba con ellos.
 Llegó la guagua. Nos montamos y levamos anclas.
 Cada uno de los convocados se acomodó lo mejor que pudo y muchos fueron al fondo del vehículo para vivir sus vidas sociales. Chistes, cuentos, exageraciones, lo habitual entre amigos.
 En esencia el viaje fue largo y bueno, a excepción de un pequeño episodio de dolor de barriga con su correspondiente “¡Chofe, pare por su vida!” de parte de un servidor, para correr dentro de un campo minado de marabú, no sin antes enredarse en una cerca de alambres de púas, y una vez sorteado los pinchos y pinchazos, descargar con furia intestinal la pesada molestia. Menos mal además del papel higiénico, llevé al monte de espinas agua y jabón, por que si no…

 Llegamos a Sancti Spiritus, lugar donde almorzaron (por razones evidentes decidí no hacerlo). Se paró en La Paladar de María, todo un complejo de viviendas dedicada a la satisfacción alimentaria del viajante y además lugar bastante visitado por chóferes de ómnibus nacionales. Imagine cinco viviendas con un único propósito: la gastronomía. Una tiene un kiosco delante para galletas, refrescos, dulces caseros. Otra, pan con lechón y jugos naturales. La tercera y más apartada era el restauran con unas quince mesas entre las que estaban dentro del ranchón y las de un portal en su área exterior, la cuarta era la cocina y una última vendía barras de dulce de guayaba, cremas de leche, “matrimonios” de cremas con guayaba. En fin, un complejo comercial funcional.
 Después de varias horas llegamos a la provincia destino. Me esperaba uno de los comentaristas de fútbol de Radio Victoria. Me llevaron a dónde me hospedaría. Si no fuera por la molesta presencia de unas hormigas diminutas que cuando pican no sabes si reír, llorar, rascarte o rezar, pensaría que estaba en el paraíso. Así de lindo estaba.
 Al día siguiente una llamada me avisó que de último minuto el partido de había adelantado una hora. El corre-corre que se armó no me permitió siquiera almorzar. Me fueron a buscar y de ahí para Manatí, una de las plazas más importantes del fútbol cubano.
 A unos cuarentaitrés kilómetros de la ciudad capital de la provincia, el pequeño pueblo me asombró desde el inicio. Llovía copiosamente a escasos cien metros del estadio. Las calles a esa distancia enfangadas a más no poder, pero de la línea del tren para la zona norte, ni esta gota es mía. Amigos, del la línea del tren al sur, todo verde y fresco, al norte, todo seco y devastado por ausencia total de agua.
 La cancha estaba más que seca carente de pasto. Cero para ser exacto. Sobre explotada, pobre. El público comenzó a llegar hasta repletarla con unos tres mil aficionados más otros que no cupieron y se quedaron en la cerca perimetral.
 La Habana marcó los primeros compases del juego y el gol. Los locales intentaron revertir la situación, lo lograron en el inicio de la segunda mitad y esa fue su desgracia. Con el gol recibido se hizo notar la superioridad técnica de la visita. Cuatro a uno terminó. El público molesto desfiló su derrota, aplaudió a los habaneros. Ese fue el último partido de Giovanis Ayala, tunero, quinto goleador histórico de nuestro país en todos los tiempos (104 goles en 17 temporadas). Se mencionó en una pequeña y modesta ceremonia pero no se hizo más. Impresionante para mí el “talento rural” (vamos, que soy casado y fiel pero no ciego).
 Por cuestiones económicas, al regreso al hotel solo había dos habitaciones disponibles para bañarse. La fila o cola fue larga. Otros se bañaron en las duchas de la piscina vacía del hotel Las Tunas, al aire libre y sin poderse quitar todo el sudor si me entienden.
 Terminamos, comimos, regresamos. En el camino llegó la noticia de la derrota de Guantánamo a manos de Ciego de Ávila que ponía en tercero al Habana. Se felicitaron pero se notaba la inconformidad. Se sentaron juntos en el fondo de la guagua a compartir a lo cubano; uno a uno se quedaron dormidos y despertaron asombrados cuando llegamos a la capital antes de lo esperado.