lunes, 14 de abril de 2014

Guagua



Por: Mario Herrera
A cualquier hora puede verse una imagen semejante
 
 El chiste de las guaguas que son como una película del sábado con su lenguaje de adultos, violencia y sexo es tan viejo como vigente.
 Los que tenemos la ventaja de vivirlo a diario lo sabemos bien. Sea la hora que sea, la confronta, la primera o la última que veas en el día, todas se parecen.
 Te levantas un día temprano, digamos un lunes. Te bañas, desayunas ligero porque sabes lo que te espera, te vistes y sales para la parada. Llegas y como tú hay otras doscientas personas. Ella llega, dobla la curva y no sabes si alegrarte, reírte o llorar. 

 Un enjambre de hormigas corre por una oportunidad de subir. Algunas lo logran. Te quedas parado y te dices: “Na, la otra pasa más vacía”. Pero siempre te equivocas. De que aciertas una vez a que vuelva a ocurrir…
 Bueno, para no hacer largo el cuento, se acerca la siguiente a los quince minutos, a veces antes y donde se había hecho un claro en la parada, hay ahora una mayor masa humana. El chofe abre las puertas y la masa te empuja, te sube, te estruja.
 En la multitud ronda un Robin Hood especialista en rajarle el bolso a cualquiera sin que se dé cuenta, bueno, se da cuenta pero tarde.
 Cuando montas te tropiezas a dos tipos de choferes. El ambientalista. Nada que ver con la ecología por cierto. Este es el que te ambienta la guagua con la música a todo dar. El rango es amplio cantidad. Entre Prince Royce y reggaetón, y puede haber cambios entre el reggaetón y Prince Royce también; y el Fangio, todo un especialista de la velocidad con motor, o la velocidad con vacas.
 En la guagua convergen otros personajes. El portero. Sujeto inútil que se para en la puerta a controlar la entrada y salida de los pasajeros y no se mueve para nadie. Y ni le reproches.
 Los pasilleros, esos se paran en el tramo más estrecho del pasillo y te miran con una cara si los rozas que no sabes tú cuál fue la ofensa.
 Las señoras conflictivas, las “no me da la gana de moverme”; están los románticos, esos que se pegan detrás de las mujeres y si pueden les dejan un regalito en la ropa salido desde el fondo de sus entrañas, y que nadie los ve.
 Las discusiones, broncas, alardes, olores, ruidos y tantas, tantas cosas que hacen de nuestras guagüitas una película del sábado.