lunes, 28 de abril de 2014

Cosas de la vida



Por: Mario Herrera
 
 Casi siempre me pasa lo mismo, me entero del día de las madres porque me cayó encima.
 La mía mide 1.50 m y tiene un genio tremendo, pero no la cambio por nada en este mundo. Prácticamente nos crió sola a mis hermanas y a mí en un barrio complicado. A ella le debo no la vida, sino también cómo la vivo.
 Mi hermana mayor es hija de su primer matrimonio. Su padre es un sujeto tan, pero tan bueno que pasa por incapaz de tomar decisiones propias y eso a mi vieja… Una vez caminos separados ella se hizo cargo de todo lo que tenía que cargar.

 Después conoció a mi padre y esta vez fue por exceso la cosa. Con una panza gigantesca lo mandó a volar con tal de no dejarse manipular a voluntad ajena, y amigos, voluntarioso, a mi padre, no le ganaba nadie.
 La diferencia entre el primero y el segundo es que después de separados ellos mantuvieron una amistad tremenda y sí se ocupó mi padre de mí. Fíjense en detalles hermosos y para que no hablen mal de las madrastras. Mi padre se volvió a casar, una de sus siete veces, con Clarita. Ella no tenía hijos ni los tuvo en sus casi diez años juntos. Su hijo era yo. Aún a su familia y a su esposo les dice que soy el mayor de sus hijos. A veces coincidía que ella había hecho planes conmigo y mi madre también entonces se complicaba el viernes. ¡Eso es genial!
 Pero volvamos a mi madre. Regresó a vivir su vida con el padre de mi hermana menor. Para no hacer muy largo el cuento, cargó sola con nosotros tres después de muchos años. Era cuestión de temperamento. Hay quienes piensan primero como mujer y después como madre. Ese no era el caso.
 Llegaron los noventa con la crisis económica fuerte y se las arregló para sacarnos adelante con un tremendo trabajo, en mi barrio complicado. Realmente le agradezco a su temperamento que no haya tomado otro camino.
 Quizás el único error que cometió fue querer que todos viviéramos junto a ella y cada uno de nosotros quiere, como es lógico, despegar y crear su propia familia, además, cada quién tiene sus cosas.
  Ahora mi madre es abuela, y como dicen, es mucho más suave con las nietas que lo que fue con uno. Lo que antes era una cosa ahora la ve con ojos más preocupados y mima a las niñas muchísimo. Las cosas que antes provocaban un par de nalgadas bien o medianamente bien dadas, ahora son “entendibles porque son chiquitas”.
 Sigue vigorosa, sigue linda.