sábado, 13 de febrero de 2016

Deserciones: la paja en el ojo propio



Foto Ricardo lópez

 Por Maylí Estévez Pérez
Tomado de Vanguardia

 Mientras Cuba se debatía por la escapada cinematográfica de los muy mediáticos hermanos Gourriel durante la Serie del Caribe en Dominicana, un poco más al oeste, en México, cinco polistas del equipo femenino se escabullían, entre ellas, tres de Villa Clara. Aprovechaban la
base de entrenamiento rumbo a Río 2016. Esto solo viene a reafirmar lo que algunos saben y callan, que es un salidero indetenible. Ni las promesas de contrataciones en ligas foráneas —lentas, sumamente lentas—, ni los aumentos salariales, logran detener el éxodo.  

 Repasemos los últimos acontecimientos, del acercamiento con las Grandes Ligas, que trajo de vuelta a la Isla a tres peloteros cubanos, que o se quedaron o salieron de manera ilegal de la Isla. Se les permitió la entrada, realizaron clínicas con niños y hasta se les vio estrechar manos con directivos, que un tiempo atrás pusieron la lupa sobre ellos. ¿Los trapos sucios se lavaron en casa? Aunque todavía la mentalidad de algunos ande a paso de hormigas, atada a «lo que está determinado», a «lo que se debe hacer en estos casos». Lo establecido para el 2016 tiene cara de panfleto de los 60. ¿Qué hacer? Habrán de renovarse a un ritmo meteórico, eso, si les queda tiempo.

Durante los Panamericanos de Toronto, cerca de una treintena de atletas cubanos se escabulleron de hoteles y sedes de competencia. El equipo de remo dio el primer paso, y con ese ritmo hasta el equipo de hockey se desmanteló. Cuba como delegación, no solo perdió atletas, sino oportunidad de sumar medallas. En aquella ocasión, el vicepresidente de la Organización Deportiva Panamericana (Odepa), Ivar Sisniega decía: «Como organización, no es algo que nos agrade. Es un tema individual y no hay mucho que podamos hacer. Nos solidarizamos con Cuba pero es una decisión individual». Un poco antes, durante la Copa de Oro de fútbol —con sitio en varias ciudades norteamericanas—, otro quinteto de cubanos se decantaba por no volver a casa.

Por estos días, y a propósito del caso Gourriel en Dominicana, muchos aficionados del béisbol se cuestionaban si esta repetición de situaciones (recordar que en San Juan 2015, otro par abandonó el seleccionado nacional), terminaría por apartar a Cuba de la Serie del Caribe.

El analista de ESPN Enrique Rojas, fue categórico en su Twitter: «No lo creo, ya pasó antes». Mientras el presidente de la Confederación de Béisbol del Caribe, Juan Francisco Puello, lamentaba el hecho y ampliaba: «Es una pena, porque siempre he dicho que han sido jugadores que han sido preparados durante mucho tiempo por una federación, en este caso la cubana de béisbol, por lo costoso que ha sido poner a estos jugadores en capacidad de participar en cualquier evento deportivo». Y no es comentario de pasillo, Cuba pierde lo que ha invertido por cada atleta de alto rendimiento que se le esfuma entre los dedos. Hasta un cazatalentos estadounidense como Mike Greene lo tiene claro: «Las deserciones le han hecho mucho daño al béisbol cubano». Apunto, no es ni de cerca, lo único que lo mantiene en terapia intensiva, pero ha sido un buen empujón por las escaleras.

¿Por qué lo hacen? Aunque las respuestas no pueden ser uniformes en cada caso —porque cada persona es un mundo—, todo parte del matiz económico. No sé si sea el caso de los Gourriel, pero un monto evaluado entre 80 y 100 millones por el sudor de Yuliesky, bien puede catalogarse de zanahoria. Eso es una fracción de toda la gama de situaciones que empujan a este tipo de decisiones. Otra sería el deseo natural de superación. El top del amateurismo es el profesionalismo, ¿Y si es solo eso?. Cada quien sabrá analizarse.

Lo que sí parece es que estos casos se repetirán, unos más otros menos sonados. Cerrarnos como ostras o esconder la cabeza como el avestruz y simular que no suceden, tampoco es la solución. La mejor cura ante lo inevitable sería asumirlo como tal. Que es todo cuestión de tiempo, que no hay intocables, ni «insobornables». Y que hay una paja en el ojo, molesta y desangra. Negarla, sería condenarnos más.