lunes, 20 de enero de 2014

¡Guaguero!



¡Guaguero!
A toda velocidad

Por: Mario Herrera

 Voy en una guagua cualquiera, la música está a todo volumen, el chofer te pone la mano en la boca de la alcancía, de esa forma el dinero pasa por sus manos y evita que le den gato por liebre.
 Está que no le cabe un alma. Con tan buena tecnología, el monstruo todoterreno alcanza velocidades tremendas y acelera y desacelera de cero a cien y de cien a cero. La gente se va con la inercia.
 Un compañero estaba tan molesto que apenas pudo bajarse se acercó a la ventanilla del chofer y con un grito que salió desde lo más profundo de sus entrañas gritó: ¡Guagueroooooo!
 Una amiga tiene una marca que le atraviesa la nariz. Estaba sentada en una ruta 222 y mientras leía un libro interesante, el manejador del ómnibus Yutong corría al más puro estilo Juan Manuel Fangio con un Michael Schumacher que conducía un P-4. Resultado, un toque entre ambos buses, y a correr la sangre. La que mejor salió fue mi Amiga y el autor del accidente que no sufrió un arañazo.
 Y es así casi, para no decir todos, los días en esta Habana. Los guagüeros se ofenden cuando les gritas pero dan para hablar. Las nuevas Yutones son buenas pero demasiado para los choferes cubanos, acostumbrados a romper todo lo que cae en sus manos y a correr como si se trataran de Fórmula 1.
 Si tienes suerte, llegan dos seguidas, o tres, incluso cuatro que te sirven. Como van a veces por rutas similares se arma el corre corre y el sal del medio que me pongo en busca de pasaje. Pasaje es igual a dinero, si tenemos en cuenta que muchos ponen la manito delante de la alcancía y que no sé cuánto de lo recaudado va realmente a la misma, ya podemos hacernos una idea de lo que vale llegar primero a la parada.
 Pero igual pasan dos o tres pegadas, misma ruta. Hace unos días estaba cerca del Hospital Militar en Marianao, y pasaron dos P-5 seguidos. Al primero le cabía gente, pero no paró en la parada y abrió las puertas en la esquina. Detrás venía la competencia, completamente vacía, con cuatro gatos sentados a toda comodidad y, ¿creen ustedes que se detuvo? Pues no, y la gente en la parada los vio pasar por sus vidas sin saber que pasaron. Doblaron y a correr.
 Me monto en un P-9. Venía por Avenida 23 y después por 31 que chiflaba. Ya le hubiera gustado a Sebastián Vettel alcanzar esas velocidades. Un frenazo gigantesco. Mujeres, niños y niñas al piso, el reggaetón a tope, y el chofer muerto de risa. Nadie le dijo nada, nadie se molestó, los de adelante ni se inmutaron, los de atrás pensamos que a lo mejor un borracho se le atravesó. Después nos enteramos que no, y él puso sus manos una y otra vez en la boca de la alcancía.
 ¿Quién les habrá dado la licencia?