jueves, 2 de marzo de 2017

Oportunidades



Por: Mario Herrera
 
 Ayer vi a un viejo conocido. Julito es una de las personas más admirables que conozco. Delincuente juvenil, proxeneta, bisnero de Centro Habana, armaba cuanto negocio viera producir en poco tiempo. Por una cuestión de instinto, dejó la escuela desde la secundaria, pero siempre se le dio bien producir riquezas.
 Un ex recluso le convenció de estudiar. “No hay de otra, chama. Este relajo no va a durar para siempre y hay que aprovechar mientras da la vaca. Ningún país del mundo gasta lo que este por la gente, y la gente cada vez quiere trabajar menos.” Semanas más tarde, un cliente profesor de alguno de sus negocios le preguntó por los estudios, y le confesó que había dejado la escuela temprano. “Pues aprovecha y estudia, economía; se teda bien.” Dos veces en una semana, el mismo consejo.

 Un corrupto funcionario público le vendió sus títulos de noveno grado (secundaria básica) y de preuniversitario (bachiller). Le hizo una buena oferta y Julito la aprovechó sin pensarlo dos veces. Luego, el consejo, repetido, un profesor universitario cliente y un ex recluso.
 Con el temor a que lo descubrieran, fue a la Universidad de la Habana, cuando se convenció de qué era lo que tenía que hacer. Entregó su diploma falso de Bachiller, sus calificaciones, sus fotos, recogió el programa de Economía de la Facultad de Educación a Distancia (El Dirigido, así lo llamábamos nosotros, sus miembros), y se fue a una biblioteca en la Habana Vieja. Ahí lo conocí.
 Los que pasamos por la FED sabemos lo difícil que es graduarse. Muchos lo intentan. Recuerdo a un señor muy mayor y de paupérrimos recursos, con los espejuelos tan abultados de esparadrapo en las patas, que ya debían pesar más que sus años y limitaciones. Lo veíamos llegar, lo esperábamos, lo ayudábamos a sacarle punta a su lápiz porque el pulso no le daba tanta paz; escuchábamos su repaso en alta voz de un contenido aprendido de memoria, lo dejábamos en el aula que le tocaba y le preguntábamos cuál era su próxima prueba, para repetir la rutina de esos sábados de examen, hasta que no fue más.
 La señora de la limpieza era una mujer joven, fuerte, tenía dos hijos: niña y niño. No eran personas muy inteligentes. Tenían problemas desde el lenguaje hasta la forma de andar, pero a esa señora, a voluntariosa nadie le ganaba. No sé si se graduó. Y pensar que hay tanta gente que pierde su tiempo.
 Este país podrá tener millones de defectos, pero mire que le da la oportunidad a la gente de superarse. Yo soy fruto de esas posibilidades. Expulsado de la escuela en onceno grado, servicio militar en años complejos, y al final, aproveché la Facultad Obrero Campesina para graduarme de Bachiller, y la FED, para mi título universitario. Y como yo, muchos.
 Julito fue uno de esos muchos. Pero pasó mucho más trabajo que el resto. Imaginen a alguien sin base que comience a estudiar economía. Organizarse, elegir qué asignaturas hacer y cuándo, buscar la base bibliográfica en una biblioteca, alguien que nunca había pisado una a excepción de algún momento en que perseguía a una colegiala para llevarla a la cama, y luego sacarle el zumo de otras maneras. Pero Julito estaba decidido al cambio de persona. De esa forma, día tras día desterraba al delincuente y le daba paso a una persona diferente. Se sorprendió de ver con sus propios ojos a esta nueva persona que era él mismo, pero sin serlo, hasta que el extraño fue el Julito Viejo. Los de Derecho lo ayudamos con materias comunes, filosofías, economías políticas, historia. Siempre supe su secreto.
 Me gradué, dejé de ir a la Biblioteca con el tiempo, y perdí contacto con alguien que más que nada, admiraba por su tenacidad y atrevimiento.
 Ayer lo vi de nuevo. “Me gradué. Pero me descubrieron aquello.” Así me decía cuando al reconocernos, nos saludamos y esa fue mi primera pregunta. No podía imaginar el resto de la historia. “De la facultad me llamaron porque tenía una anomalía cuando revisaron el expediente estudiantil, y me mandaron al municipio. Me llevaron a juicio y todo”. Y he aquí donde de no ser por cuestiones económicas y de principios, me hubiese gustado ejercer mi profesión: el Tribunal tuvo en cuenta quién era años atrás, lo hecho, el cambio y quién es hoy día, y decidió suspenderle su título universitario por cuatro años. Si en ese tiempo, no validaba el de secundaria y el bachiller, le anulaban la carrera universitaria, a menos que presentara evidencia de que estaba en una escuela en la búsqueda de alguno de los dos diplomas que le faltaban. ¡Genial decisión de un Tribunal!
 Tras la primera crisis depresiva, después de tanto esfuerzo, Julito entró en la Facultad Obrero Campesina, solo le quedaba el noveno grado, lo terminó; también el décimo, onceno y duodécimo. Por ser un caso excepcional, le comprimieron el programa de modo que necesitó menos tiempo, y al final, le validaron su carrera.
 Hoy tiene un negocio propio, legal, optimiza sus ganancias, un poco con la picardía de la calle y mucho con la economía estudiada, estudia un Diplomado que según me contó, le da pie y medio a una Maestría. Lo dicho, Julito es una de las personas más admirables que conozco, aunque no ha perdido el miedo escénico a la hora de exponer trabajos, pero avanza. ¡Y hay tanta gente que come catibía en la calle!